Municipio
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Datos Geográficos
Historia
No es mucho lo conservado, pero tal vez lo suficiente para reconstruir a grandes trazos el pasado histórico de Ibeas de Juarros. Como era de esperar, los documentos más antiguos pertenecen a las Colecciones documentales de los dos más grandes monasterios de la zona: el Mº de San Pedro de Cardeña y el de San Cristóbal de Ibeas. (En el primer caso, el Becerro Gótico de Cardeña, y en el segundo, los fondos conservados en el AHN,Archivo Historico Nacional, sección Clero). De épocas más tardías, posteriores al siglo XV, es la documentación depositada en el archivo municipal y en el parroquial de Ibeas, éste trasladado - con buen criterio- al Archivo diocesano, hoy ubicado en las dependencias del Palacio arzobispal de Burgos.
La ausencia masiva de documentación, especialmente evidente para los primeros 500 años de la historia de Ibeas, constituye un dato relevante. En la Edad Media, es decir, en el tiempo que va desde el año 800 al año 1500 aproximadamente, sólo los hechos excepcionales de la vida eran puestos por escrito. Apenas había gentes que supieran escribir o leer y, además, el pergamino donde se escribía era de costosa adquisición. Por el contrario, eran los usos y costumbres de un lugar o de una comarca, transmitidos de boca en boca - la transmisión oral - lo que se convertía en norma.
Durante esa larga etapa anterior al año 1500 la vida en Ibeas de Juarros transcurrió sin mayores sobresaltos. Lo cual, valorado dentro del contexto de la Edad Media, significaría para sus habitantes sobre todo buena vecindad, amplias cotas de libertad y prosperidad económica. No poco; cuando por entonces otras villas andaban en continuos pleitos, bajo la dependencia de señores feudales y con una economía precaria de estricta subsistencia.
¿Desde cuándo existe Ibeas de Juarros? Los primeros documentos escritos que dan cuenta de su existencia se remontan al siglo x; a la época en la que se estaba formando Castilla, la primitiva y vieja Castilla. El más antiguo conocido es del año 921. Es decir, de algo más de mil años. Ese año, por el Becerro Gótico de Cardeña, consta la donación que hace el conde Gonzalo, hijo del fundador de Burgos Diego Porcelos, al Mº de Cardeña de unos molinos que poseía entre Villalbura y Castrillo del Val, exactamente, se dice, "en aguas de Ebeia". Ese mismo año, por otro documento, el Monasterio de Cardeña compraba al matrimonio Velasco y Vila una tierra que poseían "en la villa que llaman Ebeia, junto a nuestros molinos", por el valor de 10 sueldos de plata. El siguiente documento es del año 970. El abad de un pequeño monasterio fundado en San Adrián de Juarros compra ciertos derechos sobre un molino que se conoce como Fuente Navarra, situado en el río de Ibeas, en términos de Cuzcurrita". A partir del año mil, ya en el siglo XI, se van haciendo más frecuentes las menciones de Ibeas, casi siempre tratándose de operaciones de compraventa o donaciones de tierras y de derechos sobre molinos construidos junto al cauce del río Arlanzón.
A partir de estos datos iniciales podemos hacer ya algunas consideraciones.
- Una primera, sobre el nombre. El lugar se denomina EBEIA. Ebeia, según los especialistas, es una voz de origen vasco, euskérico, derivada del vocablo IBAI-A que significa lugar junto al río o simplemente Vega. Eso sería etimológicamente Ibeas, un lugar junto al río. Más tarde - aparece por vez primera en 1032- se le añadiría el nombre común de Juarros, también derivado del vasco Zubarro o Zugarro que significa olmo.
- Una segunda consideración nos remite a los orígenes del pueblo. Los orígenes de Ibeas hay que ponerlos, sin duda, en relación con el proceso de conquista y repoblación protagonizados por los cristianos del Norte, que, arrancando de Covadonga allá por el año 720, se expanden en lucha contra los árabes hasta llegar a estas tierras. Eso debió ocurrir entre los años 800 y 900. Es entonces cuando toda esta comarca del Alto Arlanzón se va llenando de asentamientos humanos estables y duraderos.
Es probable que antes hubiera habido grupos humanos más o menos inestables. No lejos de aquí, por Brieva, parece que pasaba una calzada romana que unía Lara con Briviesca, y más tarde, con los visigodos, algunos restos en la ermita de la Virgen del Cerro, junto a Cueva de Juarros, tal vez permitan pensar en un cierto grado de poblamiento anterior. En todo caso no hubo continuidad y después de la desaparición del Estado visigodo esta zona - al igual que toda la cuenca llana del Duero- queda prácticamente despoblada durante varios siglos. Despoblada, hasta que tiene lugar, como digo, la repoblación cristiana a partir del año 800 d.d. Cristo.
En los 100 años que van del 800 al 900 surgen por estas tierras del Arlanzón un buen número de pequeños poblados. En un primer momento se construyen algunas fortalezas militares. Así los castillos de Arlanzón, de Burgos o de Santa Cruz de Juarros, que pronto se convierten en cabeceras de alfoz, o sea, de distritos de carácter militar, gobernados por un noble en representación del rey o del conde castellano. A su sombra y bajo su protección van surgiendo paulatinamente pequeñas aldeas, - entre ellas una llamada Ibeas -, habitadas por grupos reducidos de familias campesinas en su mayoría libres e independientes.
En unos casos serían familias autóctonas de la zona, grupos residuales y desorganizados que, refugiados en cuevas naturales, habrían podido sobrevivir a las dificultades ofrecidas durante más de tres siglos por una región políticamente de nadie. (En este sentido hemos de esperar a los resultados que ofrezcan las excavaciones arqueológicas de la Sierra de Atapuerca, no en los estratos más antiguos sino en los de las últimas fases de habitación de los grupos humanos en las cuevas).
En otros casos, los más, se trataría de familias venidas de más arriba, de territorios navarros o vascos, que llegan aquí con idea de quedarse definitivamente. Y así nos fueron dejando sus nombres de origen vasco: Alarcia, Herramel, Uzquiza, Urrez, Froncea, Galarde, Zalduendo, Ochavro, Agés, Cuzcurrita, Ibeas, Juarros, Villabáscones (el actual San Medel),... todos topónimos vascos. (Esta fuerte presencia vasca no sólo se plasmó en la toponimia sino también en la lengua. Sabemos, por ejemplo, que todavía en el siglo XIII los habitantes del Alto Arlanzón piden al rey Fernando III el Santo poder arreglar sus pleitos y negocios en vascuence).
Aquellos primeros pobladores, pioneros, fueron roturando los campos, levantando sus viviendas e iglesias, cercando huertos y linares, construyendo puentes, fuentes y caminos, instalando molinos junto al río, repartiéndose los espacios de monte, delimitando términos. El asentamiento de Ibeas, con sus casas, corrales y huertos en torno a una pequeña iglesia, debió surgir en los primeros momentos, todavía en el siglo IX. Desde luego el lugar, con vistas a establecerse era el óptimo entonces. Bien protegido frente a posibles ataques árabes por las fortalezas de Arlanzón, de Burgos y de Santa Cruz de Juarros, contaba con todo lo necesario para vivir con dignidad: buenas y abundantes aguas, al abrigo de los vientos y con productos variados que iban desde los cereales panificables como el trigo, la cebada o el centeno, al lino, para fabricar vestidos, o los productos de huerta y la ganadería, la caza o la pesca.
De ahí que tendiera pronto a concentrarse la población en torno a la Vega, en torno a Ibeas y que en pocos años pasara a convertirse en una de las zonas más densamente pobladas de todo el reino castellano. Todavía el año 921, cuando aparece citado por vez primera, río arriba hacia Arlanzón no había más poblados que Villalbura, y río abajo el término de Ibeas amojonaba con los de Cuzcurrita y Castrillo del Val. Pues bien, en pocos años, el área de Ibeas multiplicaría su población; ciertamente, no por la vía de aumentar el número de sus vecinos sino formando nuevas unidades de población, nuevos pueblos, con su propio término que se iba desgajando del primitivo y amplio término y jurisdicción de Ibeas.
Esta alta densidad del poblamiento, justificada como digo por unas condiciones favorables del terreno, tuvo como factor, y a la vez resultado, la concentración de las vías de comunicación. Mucho más que hoy, Ibeas fue en la Edad Media una gran encrucijada de caminos.
Por su término pasaban entonces tres Caminos Reales. (Equivalentes hoy a carreteras nacionales de 1’ categoría): el Camino Viejo real, el Camino Real francés y el Camino Real de la lana que por los Juarros unía la sierra burgalesa-soriana con Briviesca y, desde allí, con el Norte peninsular.
Aparte de estos caminos reales, existían otros caminos de ámbito local. El Camino de Carresalineros, el de San Yuste, el de Valdeollas, el de Prado Anillo, o el Camino del Seco que unía a Ibeas con el Puente de los Desterrados de Castrillo del Val.
Ibeas, un lugar junto al río, una encrucijada de caminos. Un importante eje en las comunicaciones de las épocas medieval y moderna.
Sin embargo, toda esa infraestructura viaria y comercial no fue del todo provechosa para Ibeas. Al menos no para antes del siglo XV. Benefició más bien a sus vecinos de San Cristóbal de Ibeas, San Andrés de Juarros y San Millán de Juarros. El primitivo y amplio término de Ibeas se fue desgajando en porciones, en una clara muestra de generosidad histórica. Una de esas porciones -probablemente, la mayor y la mejor de su territorio- sirvió para fundar y dotar al Monasterio de San Cristóbal de Ibeas. Ese Monasterio, del que apenas quedan hoy algunas paredes junto al cementerio de San Millán. Un monasterio vinculado a la Orden premostratense y que desde su fundación y hasta la desamortización del siglo pasado, en que decae, llegó a alcanzar un extraordinario poder económico y político.
Pero la prosperidad de San Cristóbal se hizo, sobre todo en los comienzos, a costa de la del pueblo de Ibeas. Hemos de situarnos en los últimos años del siglo XI y comienzos del siglo XII; unos 200 años después del nacimiento de Ibeas. En ese tiempo, después de una primera época en la que sus habitantes habían vivido como pequeños propietarios libres e independientes, se ha impuesto ya la señorialización, y es la nobleza, laica o eclesiástica, la propietaria de la tierra. Aquí en Ibeas el mayor propietario debía ser un noble de la corte del rey Alfonso VI, Alvar Díaz. El año 1107 este noble, de acuerdo con su mujer Teresa Ordóñez, deciden fundar un monasterio propio y establecer una comunidad de monjes con el encargo de celebrar perpetuamente sufragios por sus almas y las de sus descendientes. Para el sostenimiento de la comunidad les hace entrega - además de una serie de bienes situados en unos cuantos pueblos de la comarca- de la tercera parte de lo que era entonces el término de Ibeas; precisamente la parte del término que, a grandes rasgos, coincidiría hoy con el de San Millán de Juarros.
Tras esa decisión, automáticamente, los vecinos de Ibeas que trabajaban aquellas tierras pasaban a ser vasallos y renteros del nuevo monasterio. Pero no quedaron sólo en eso las desgracias. Una vez consolidado el monasterio, lo primero que hizo fue fomentar el poblamiento en sus inmediaciones bajo su autoridad y dirección. Así fue, en efecto, como en poco tiempo irían surgiendo, al lado mismo del monasterio, la aldea de San Andrés de Ibeas, la villa de San Millán de Juarros y, al otro lado del río, Santa Coloma.
Todo ello en detrimento de Ibeas que, de ese modo iba quedando orillado, con un término reducido y de menor fertilidad. En esta situación delicada debió permanecer varios siglos. Probablemente durante los siglos XIII y XIV. A mediados de éste ultimo el famoso Becerro de las Behetrías (1352) da cuenta de su estado general, no demasiado bueno. Dice que el pueblo pertenece a dos señores. Uno el ya conocido Monasterio de San Cristóbal de quien señala que tiene aquí varios solares o explotaciones familiares pero que estaban todos vacíos, salvo un solar donde moraba una mujer, y otro, el noble Juan Estébanez que tenía - en nombre del rey - tres solares poblados y otros yermos. En total, pues, cuatro vecinos, eso sí, exentos de pagar tributos e infurciones a sus señores; y muchas casas y solares vacíos, yermos. ¿Por qué estaban vacíos?. ¿Acaso habían sido víctimas de la Peste Negra que unos años antes había asolado a Europa y a Castilla? ¿Quizá se trasladaron hacia San Andrés o San Millán por imposición señorial? ¿O acaso habían emigrado a la ciudad de Burgos?. No lo sabemos.
Lo que sí podemos asegurar, desde la perspectiva de la jurisdicción y del gobierno, que el citado señor Juan Estébanez ejercía la jurisdicción sobre Ibeas en nombre del rey; es decir que Ibeas, en lo que no pertenecía a San Cristóbal, era un señorío del rey, un realengo. Un realengo integrado primero en el alfoz de Santa Cruz de Juarros y, después, en la merindad menor de Castrojeriz. Así hasta el año 1571, cuando es cedida la jurisdicción a la ciudad de Burgos. Todavía en el siglo XVIII, según el Catastro del Marqués de la Ensenada, continuaba perteneciendo a la ciudad de Burgos: "se halla enajenado de la Corona el señorío de este pueblo, que goza la ciudad de Burgos. Las tercias reales las cobra el Hospital del Rey".
Ahora bien, aquella mala situación del siglo XIV - cuatro vecinos- pronto se vio superada. Hay datos suficientes para pensar que Ibeas se recuperó y se consolidó como una villa próspera ya en el siglo XV, sobre todo coincidiendo con el reinado de los Reyes Católicos y durante todo el siglo XVI. Algunos datos lo confirman.
Aquel crecimiento del siglo XVI estuvo en estrecha relación con el auge de la ciudad de Burgos, a la que Ibeas podía suministrar productos alimenticios y textiles, y todavía más, en relación con el comercio internacional de la lana, donde Ibeas, por su condición de encrucijada de caminos ejerció un importante papel.
Agricultura, ganadería, caza y pesca, artesanía y comercio. He aquí un amplio abanico de actividades que, sin duda, permitieron a los de Ibeas vivir en el pasado con dignidad, en libertad y solidaridad vecinal. Hoy, como ayer, la cercanía de la ciudad y del río, la huerta y los caminos que la atraviesan siguen constituyendo sus más preciadas señas de identidad.
Localización
Monumentos
Entre los monumentos y lugares de interés de la localidad de Ibeas de Juarros destacan:
- Iglesia de San Martín: es un templo de trazos tardogóticos de finales del siglo XV o primeras décadas del siglo XVI. Tiene planta de cruz griega con muros de sillería y de sillarejo. En el hastial se añadió un tramo que convierte el antiguo templo de cruz griega en uno de cruz latina. El nuevo tramo corresponde con la base de la torre. En el muro norte del ábside se encuentra la sacristía, cubierta con bóveda de crucería. La portada se abre en el muro sur, cubierta por un pórtico de reciente construcción del siglo XIX. En su arquitectura interior destaca por tener unas magníficas bóvedas de crucería. (Img. 1,2).
- Canal del Molino: atravesando el centro del municipio. (Img. 3).
- Yacimientos de Atapuerca: en el municipio de Ibeas de Juarros se encuentra una de las puertas de entrada a los Yacimientos de la Sierra de Atapuerca, Patrimonio de la Humanidad desde el año 2000. Los descubrimientos que han aportado las excavaciones, ayudan a comprender los pasos de la humanidad, desde sus orígenes. Por lo que estos se han convertido en un referente a nivel mundial, en el estudio de la presencia y evolución humana de nuestro continente.
A finales del siglo XIX, se abre una trinchera, para albergar el trazado de un ferrocarril procedente de la Sierra de la Demanda, quedando en desuso en 1910. Este suceso deja al descubierto un desfiladero de casi 20 metros de profundidad, dejando a la luz algunos de los yacimientos actuales. Después de unos tímidos intentos, en 1978, de la mano del paleontólogo Emiliano Aguirre, comienzan las excavaciones.
Actualmente, después de grandes hallazgos como el descubrimiento de una nueva especie de homínido, llamado Homo Antecesor o la presencia del Europeo más antiguo encontrado, gracias a una mandíbula humana de más de un 1.200.000 años de antigüedad, se siguen excavando varios yacimientos entre los que destacan: La Sima de los Huesos, La Gran Dolina, La Sima del Elefante… (Img. 4). - Centro de recepción de visitantes de los Yacimientos de la Sierra de Atapuerca: dedicado al paleontólogo Emiliano Aguirre, primer director de las excavaciones en la Sierra de Atapuerca. En el aula nos explican las características más importantes de los Yacimientos mediante paneles, maquetas y reproducciones. En sus vitrinas se exponen algunas piezas originales, réplicas de herramientas y fósiles humanos. Desde este centro podemos acceder a los yacimientos con una visita guiada.
Gastronomía
Ibeas de Juarros, en la zona norte de la Demanda, es la patria de uno de los ingredientes indispensables de la célebra olla podrida: las alubias rojas homónimas. El porqué a esta olla se le adjetiva de “podrida” ha tenido legión de comentaristas, no de hogaño, sino desde hace siglos. Ya Covarrubias decía que se llamaba así porque, al cocerse muy despacio, todo se reblandecía. Tuvo sus detractores, como Juan de Iriarte, hermano del célebre fabulista, aunque no parece que haya pasado a la posteridad por dicha opinión.
De los derivados del cerdo que componen nuestro plato poco se puede decir de nuevo. Son el ingrediente proteínico y energético sustancial de infinidad de pucheros de todas las regiones españolas desde tiempo inmemorial. En lo que a las alubias respecta, ya hay más polémica. Para unos, proceden del Nuevo Mundo, mientras que otros sostienen su antiquísimo origen en Oriente, para ser introducidas en nuestros pagos por los árabes. La etimología de alubia, “al lubiya” en árabe, parece avalar esta tesis, si bien “judía” es otra de sus muchas nomenclaturas.
Cuestión siempre insoluble es dar la receta “auténtica” de la olla podrida. Existen en España centenares de recetas “auténticas” de un mismo plato. Quizás, la más acertada es la que cita María del Carmen Zarzalejos en su libro ‘La cocina del Camino de Santiago’ (Alianza Editorial).
RECETA:
Para cuatro comensales
Lleva medio kilo de alubias rojas de Ibeas, dos chorizos, dos morcillas de Burgos, ocho costillas de cerdo adobadas, dos orejas de cerdo, dos patas de cerdo, trescientos gramos de panceta y sal. Todo ha de cocerse muy lentamente y servir las alubias por un lado y todos los ingredientes porcinos por otro. Se acompaña con un buen pan candeal y un vino tinto crianza con cuerpo, un vino macho. La ingestión y paladeo de semejante pitanza ha de hacerse con la adecuada liturgia: tiempo y maneras. Es un plato para comer sin prisas. Primero las alubias, gozando de su mantecosa textura y luego las partes del cerdo según orden y criterio de cada cual.
